miércoles, 26 de octubre de 2016

El pasado vuelve en ciclomotor, pero ahora al menos con papeles (Cachorro de Humano 1) / PerlaKas

Un porcentaje indeterminado de lo que voy a contar es falso, otro es ficción, otro es paranoia y otro es figurado, también hay algo de hipérbole retórica y de exageración prosaica, el resto es estrictamente verídico pese al filtro subjetivo del narrador, muy deformante debido al mucho tiempo que ha pasado. O sea, no te creas una mierda.

Fui una adolescente algo complicada, un poco cerril. Al desacato propio del fervor hormonal y de varias circunstancias desfavorables, se unió la necesidad intelectual de encontrarle a la vida lo que me prometían los libros (que devoraba con gula) y una inteligencia y sensibilidad, dicen, no habituales. Una curiosidad indómita me llevó a conocer a gente muy distinta, incluso (y sobre todo), esa que habita los límites.
No sé si era yo quien andaba entre adultos, algunos bastante alejados del ideal, o eran ellos quienes andaban entre mí, en una relación simbiótica casta. Se reían conmigo y mi ingenuidad les enternecía, y yo, gracias a ellos, vivía varias vidas a un tiempo, la mayoría muchísimo más interesantes que la que a mí me había tocado.
Me movía entre balas y siempre en el filo; aun así las esquivé todas, y lo hice por intuición porque no las veía, ni siquiera sabía que habían sido disparadas. Tuve suerte, supongo. Una flor en el culo, sí. Tenía casi todos los números pero nunca me tocó.

Contacta conmigo desde uno de esos límites quien fue un buen amigo durante mucho tiempo. Ha encontrado una agenda ¡de papel! con el teléfono de casa de mis padres. Me alegra su voz de cazalla. He olvidado cómo dejamos de tratarnos, ahora mismo no recuerdo de él nada que no me haga sonreír. Creo que nos distanció la falta de razones para no distanciarnos: éramos muy distintos y la brecha entre ambos acabó siendo insalvable.
Y de eso va este post.

También es mayor que yo, ocho años.
Todo el mundo le conocía por un mote. Tenía varios que usaba como trajes dependiendo del contexto y de la impresión que quisiera causar: unos satánicos, otros macarras, otros de cierta respetabilidad, o eso se figuraba él. Entre nosotros siempre usé su nombre de pila y le llamaba ‘petardo’ o ‘feo’ cuando no me parecía oportuno revelar el verdadero (tenía relaciones y negocietes más turbios que la TheoretiKal Zero3). Toda su familia entraba y salía de la cárcel como yo de los bares; él también, pero sólo de visita. Un tipo con suerte, sí, pero sobre todo demasiado simple para ambicionar algo que costara un delito grave. Admito que era un poco embaucador; una sonrisa bonita y los ojos verdes ayudan.
Petardo y yo nos movíamos, divertidos y libres de la tensión sexual que se nos presuponía, por las alcantarillas sociales de la ciudad; era un experto, buen Cicerone y mi ángel de la guarda. Yo me dejaba llevar confiada y así pude ver bastante sin excesivo riesgo.
No sé qué respondía cuando le preguntaban con sarcasmo quién era yo pero sí qué significaba para él: era su única amiga decente y semihonrada. También era el único vínculo de aquel Pijoaparte ramplón de Bon Pastor con un mundo, el de un barrio de Gràcia que empezaba a sustituir quinquis y broncas de Skins por progres y bohemia del postureo, que él idealizaba desde el ciclomotor robado y al cual le habría gustado pertenecer. Yo leía unos 70 libros al año y escribía poesía y él intentaba aprenderse el abecedario para buscar en el diccionario palabras que me oía, porque creía que así podría ligarse a una amiga mía. Lo consiguió… lo de ligarse a mi amiga, digo, pero no precisamente por méritos filológicos.
Le encantaba el ocultismo y los demonios porque sobre eso no existe ciencia que se deba estudiar; yo me burlaba de sus cultos, ritos y supersticiones porque enfadado era muy gracioso. 
En esa época, la edad nos permitía salvar nuestras diferencias (la maleabilidad se pierde con los años).

Yo bajé hasta sus infiernos, me paseé por ellos hasta quemarme las pestañas y me marché a conocer otros. Me inscribí en un taller literario, empecé a perder el tiempo y la paga con un fanzine fotocopiado de literatura novel y a frecuentar tertulias. Hice amistades más acordes a mis inquietudes y la grieta entre nosotros se ampliaría tanto que ya no habría forma de salvarla. Me alejé. Él se quedó allí, una especie de limbo absurdo en el cual ha permanecido hasta hoy, 15 años después.

A menudo he evocado con orgullo pueril los pormenores de majaderías perpetradas juntos, pero, como en una mera relación, los hechos del pasado, incluso los relevantes, se vulgarizan y se parecen a los de cualquiera, nadie sabe si fueron importantes o no para mí.

Nos ponemos más o menos al día en una llamada de 20 minutos, durante la cual parece que sigue siendo el mismo. Sigue rugiendo más que hablando, siempre parece cabreado. Sigue viviendo en el mismo barrio, solo que ya no tiene dos hijos sino tres, y su pareja tiene otro nombre y otra edad.
Me pregunta si tengo moto y mis 125cm3 dan para otros 20 minutos de conversación.
Y hablamos de quedar, claro. Él, con todo el tiempo del mundo, pretende que nos veamos ya mismo, pero yo ando más que liada y me cuesta ubicarlo en la agenda. Esto hace que me replantee quién de los dos ha gestionado mejor su vida.
Quedamos en la boca del metro de la Plaça Orfila. ‘Ojo no te muerda’ me dice con su voz cascada. Yo siempre caía en la trampa. ‘¿Quién???’ ‘Pues la boca del metro’. Parece mentira, siempre caía y sigo cayendo...
Paso unos días nerviosa, removida, porque el pasado vuelve en una Variant ‘atrotinada’ y no estoy segura de que me apetezca.

Yo no he cambiado mucho en apariencia (estoy en forma, conservo el pelo y casi todos los dientes) pero tenía otra empresa, nada que ver con esta de ahora, y vivía en otro barrio con otra persona de otro sexo, así que calculo que al menos un 30 o 40% de la charla de la cita está cubierta. Insisto: aparentemente soy la misma persona pero no lo soy, no, y me preocupa no saber comunicarme con él, por eso me alivia contar con algunos temitas banales como recurso.  

Lo veo desde lejos y pienso: Oh, Dios, no!! Ha engordado una barbaridad y se lo digo mientras le golpeteo la panza. Me atruena que eso es de la buena vida, ufano (sabía que diría eso!!). Por lo demás, igual, pero a su sonrisa de bribón le faltan algunas piezas.
Dos besos. La incipiente barba me irrita la cara. 
Al verme el casco, me pregunta por la moto otra vez. Me ha preguntado al menos diez veces. Quiere verla. Se la señalo. ‘¿Aquella azul?’ ‘Sí.’
Tiene que preguntarme sobre la moto, tiene que ver la moto, tiene que opinar sobre la moto porque él fue mi mentor motístico.
Con él fui de paquete en moto por primera vez (una Derbi Variant, que no sé si a eso se le puede llamar moto); con él me saqué la licencia de ciclomotor; suya era la primera moto con la que me estampé, fue contra una farola ‘que no sé qué cojones hace aquí’.
Él sigue con su motillo de mierda… bueno, es otra, quizá pagada y con factura, aunque lo dudo, pero también es de mierda.
La moto es el temita banal que él se ha traído bajo el brazo por si no conseguíamos salvar el abismo así que le doy carrete un buen rato.

Vamos a un bar cercano.
Refrescamos: ¿Y qué sabes de Fulanito? ¿Y de Menganito? De algunos nada. Otros quedarán enterrados para siempre: Murió; murió; murió; también murió. Otros están en la cárcel, era previsible. De Zutanito no quiero saber nada. ¿Y qué sabes de X?, la amiga de mi infancia que fue su novieta o rollete, me pregunta. ‘Nada’(pero esa misma noche la busco por Facebook y se lo cuento). Nos enseñamos fotos.
Le llevo dos cervezas de impliK2. No bebe alcohol pero me hace ilusión.
Le sorprende todo eso de la cerveza artesana y de que tenga un bar y una tienda física y una tienda online. ‘Has pasado de maestra (nunca tuvo claro a qué me dedicaba) a esto.’ No entiende que visite a clientes ni que haga cerveza ni que dé catas (yo, que me pulía las Xibecas a morro por packs de 6) ni que reciba un pedido de barriles de IPA por guasap en mitad del té con leche… Por supuesto no sabe qué es un blog y el SEO debe de ser comida japonesa. Veo en su mirada que no entiende (ni le interesa) la mitad de lo que le estoy contando y también que no lo admitiría ni aunque le retorciera un dedo con una tenaza.
Le pregunto que a qué se maldedica ahora. Solo le conocí ocupaciones chungas e irregulares, alguna de ellas, las menos, bien pagada. Parece que solo se ha empleado en mantenerse vivo a lo largo de los años. Sin embargo, se me presenta como un ciudadano respetuoso y respetable, cumplidor, padre de familia y cónyuge ejemplar. Le dieron en propiedad un piso a cambio del uso y disfrute de una casita de protección oficial (que a mí me encantaba) de renta irrisoria y que derruyeron porque valía más el solar que la edificación. Sigue cobrando paguitas, empalmando una ayuda con otra, ayudas de dudosa legitimidad. Nada nuevo, sin embargo me toca muchísimo la moral, sí: pienso en mis jornadas de 10, 12 y hasta 14 horas y en mis convalecencias al pie del cañón. Completa sus ingresos con una actividad que realiza en casa. Me la describe con detalle sin cautela: sin licencia, sin declarar y en dudosas condiciones higiénicas. Esto me la toca mucho más, la moral. Pienso en mi almacén, en mis papeleos, en mi RS, en mis inspecciones, en mis impuestos...
Yo he ‘madurado’ y mi nueva relación con la sociedad me impele a ser indiscreta e inoportuna. A pesar de que sé la respuesta de antemano, le pregunto si esa actividad es legal. No puedo evitar algo de reconvención en el tono.
Se sorprende tanto como se tensa. Le he herido en el orgullo. En su confusión de moral con legal, me responde que él nunca haría nada ilegal. Durante unos segundos nos sostenemos la mirada, evalúo su mentira mientras valoro la posibilidad de sermonearle, no me faltarían argumentos.
Tras un tenso debate interno, durante el cual una de las partes de mi conciencia argumenta que estos jetas lo son porque los demás se lo permitimos, y otra replica que para qué estropear el encuentro, decido que no, no voy a hacerlo, lo de sermonearle, y tampoco voy a indagar más. 
Para tener vida ética es necesario tener libertad, y mi amigo no la tiene. Un punto geométrico no puede concebir la existencia de una raya; y una raya no puede imaginar qué es un plano. Las dimensiones o la falta de ellas en nuestro universo nos condicionan tanto que nos definen. Mi amigo se mueve en un universo bidimensional, cuyos límites ni siquiera vislumbra. Para ser ético se necesita la capacidad de serlo. La escala de valores de mi amigo es la que esté de oferta en cada momento. Adopta la de esta cínica sociedad nuestra solo si le reporta algún provecho, y viceversa. No soy yo quien para promover un proceso de subversión íntima apelando a supuestas decencias morales... sería inútil.
No me exculpo ni le exculpo, no.

Acepto que encarna mil defectos que hasta ahora he reprobado en otros y que seguramente seguiré reprobando y decido sacudirme una estúpida y vil sensación de superioridad moral, ética e intelectual y empezar a disfrutar de mi amigo.
Intuición... echo mano de la intuición, aparto mis convenios, prejuicios y convenciones, conecto con la Susana de entonces y dejo fluir las energías. Él también, lo percibo. Volvemos a ser nosotros. Que el nombre de mi pareja sea de mujer no suscita en él ni un amago de reacción, solo una pregunta llanísima, ‘Ah, ¿es una chica?’, y eso que yo ligaba un huevo entre sus amistades masculinas. Se limita a preguntarme si estoy bien con ella y yo le río una parida que no viene a cuento. Reconstruimos juntos sandeces de hace más de 20 años, reubicamos un par de anécdotas y finjo que me creo un poco que es capaz de mover cosas con la mente. Él me echa bronca por no atar la moto a una farola, ‘que así la cargan en una furgoneta en un plis’, y se ofrece a instalarme la caja portaequipajes.

Ambos hemos protagonizado episodios, digamos, desprovistos de capacidad educativa o redentora y cada uno lo ha vivido de forma demasiado diferente. Yo opté por los negocios y la lectura y él por sobrevivir, procrear y criar barriga. Para él, un libro es un suvenir exótico y para mí, escribir es lo único con lo que puedo dar Sentido. Y el caso es que, a lo largo de mi vida, he conocido a gente muy próxima a mí en inquietudes, formación, ética, estética y experiencias a la cual entiendo mucho menos que a él. 

* * *
PERLAKA QUE ME HAN CONTADO
Un amigo me diseña etiquetas para mis cervezas caseras y yo, en agradecimiento, le doy unas cuantas para su disfrute. Quedamos para tomar, cómo no, unas cervezas.
Mientras el artista va colocando las cervezas que le llevoen la mesa para ver la calidad de su trabajo pasa un amigo común y dice:
-Esa cerveza sí que es buena, la probé en un viaje a Berlín el año pasado.
Nos miramos.
Risas.

* * *

-¿Alguna sugerencia de la carta que marine con mi cerveza?
-Un grumete poco hecho.