lunes, 6 de marzo de 2017

El pasado lleva un vestidito sucio (Cachorro de Humano 2)

Por razones que se irán entreviendo a lo largo de este post y posteriores, últimamente estoy pasando algún tiempo con una cría de ser humano, concretamente una niña de 6 años, sin que me obliguen, algo insólito.
De esta experiencia estoy extrayendo muchas enseñanzas.
Por ejemplo: Con 6 años los humanos ya estamos destetados, tenemos pleno control sobre los esfínteres (los nuestros) y caminamos solos. Desconocía estas felices circunstancias que han de facilitar nuestra relación.

Ahora sé que ya no existe la EGB, que actualmente se cursa una tal ESO que no sé qué es pero con ese nombre no puede ser buena, que también va por cursos y con profesores dentro de un cole con aulas, mesas y libros... y yo que pensaba que ahora sería todo por ordenador o algo… ¿Usarán pizarra y tiza? Nota mental: Preguntarle al cachorro humano si todavía se tiran borradores a la cabeza. 
Sin embargo, ahora ya no suspenden o aprueban, parece ser, entonces... ¿para qué sirve un cole?

He aprendido empíricamente que la salsa barbacoa apesta. También he aprendido que para las crías de ser humano resulta muy hilarante ver a un individuo adulto untándose la propia nariz con la fragante salsa barbacoa; también que, por mucho que te laves la nariz, el mundo entero olerá a barbacoa horas y horas; y también que no hay antídoto.

He descubierto que para entender los menús del McDonald's y sus múltiples combinaciones y posibilidades, son necesarios, o estudios superiores a los míos, o un tipo de inteligencia de vida de la cual no me dotaron de serie. Me desconcierta que los cachorros humanos, al menos las hembras, los entienden.

Hoy toca cine. En la cola, me dice: “Me lo estoy pasando tan bien como… como…”, busca un símil perfecto dentro de su brevísimo mapa referencial, “como una pipa…”, pero por su expresión sé que no le convence. Piensa, urde y atina: “¡Me lo estoy pasando pipa!” y asiente satisfecha porque ahora sí le cuadra.
Miro sus zapatillas rotas, su abriguito sucio, no viejo, sucio, el cartón lleno de palomitas con sal. Es su primer cine y además ha elegido ella la película, está exultante. Quería verlas todas, se sabe la banda sonora de todas, los nombres de todos los protagonistas… pero ha tenido que elegir, que todas no se pueden ver en un día le he dicho, y lo ha hecho sin berrinche y sin lamentarse por las que, a consecuencia de su elección, va a dejar de ver, demostrando que es más madura que yo.
Por mi culpa entramos tarde en la sala. Yo, torpe, incapaz de desenvolverme y orientarme a oscuras, le propongo ver la peli sentadas en el suelo del pasillo que conduce a los lavabos, soy así, pero un espectador caritativo nos acomoda.
La niña me pregunta si se puede quitar el abrigo, que tiene mucho calor, y yo me riño porque no me he anticipado a eso. Joder, SusaniKa, estamos lo menos a 45ºC, es una niña, a ver si te centras... Cómo se pasan con la calefacción, voy a morir.

Para comprender las pelis infantiles de dibujos también es necesaria alguna capacidad intelectual de la cual carezco. Afortunadamente, en el cine, la niña, que se ha dado cuenta de que me he enredado en el hilo argumental y estoy a punto de partirme la crisma, se gira y me dice: ‘Es que él está celoso’ y se ríe. Gracias al apunte, comprendo la escena. Los niños de las pelis, por pequeños que sean, ¡tienen novios y novias! Yo flipo. Claro que… también los tienen las tazas parlantes, los conejos con chaqueta de cuero, las cerditas presumidas… y a nadie sorprenden, además, esas relaciones sentimentales entre especies!

Abrió los ojazos y la boca nada más empezar la película. La boca la cerraba para masticar las palomitas pero los ojazos no los cerró hasta que el niño y la niña se hicieron novios y se dieron un beso, excepto para comunicarme por gestos que tenía sed y para orientarme sobre el argumento de la peli, que yo no era capaz de seguir. Al acabar la peli, palmoteó, recogió el cartón de palomitas y su botella de agua vacía y los echó a la papelera.

Y ahora a cenar al McDonald's. Sí, al McDonald's.

Yo iba intransitablemente decidida a llevarla a merendar algo sano, que mierdas ya come en su casa todos los días. De hecho, para evitar que establezca la relación diversión-comer-gastar, planeé llevarla al parque y compartir algo de fruta jugando en los cacharritos-chirimbeles infantiles. La frase ‘Hazme un favor, llévala al McDonald's y que cene un par de hamburguesas de esas de 1€ y así se va directa a la cama y no molesta’ había reforzado mi voluntad. 
El caso es que me resistí todo lo que pude, negocié, pataleé, lloriqueé, clamé al cielo, porfié, renegué, blasfemé, imprequé, me tiré por los suelos, crucé los brazos y grité que yo no iba a cenar y me puse de morros, pero, desengañémonos, qué cojones haces en un centro comercial un domingo por la tarde. Además, hay argumentos irrebatibles: “¡¡¡QUIERO IR AL MCDONALD'S, QUE DAN JUGUETEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEES!!!!!”

Desde que decidí que el tiempo del que dispusiera para mí se lo iba a dedicar a ella, me como mucho el coco.
A las preguntas responsables y prácticas de ¿qué le gusta a una niña de 6 años?, ¿dónde la llevo?, ¿qué le conviene?, ¿qué puedo hacer yo por ella?, ¿qué puedo esperar de ella?, ¿debo ser estricta o flexible?, en este sentido tengo un buen problema, ¿hasta dónde y a partir de dónde no?, ¿qué pretendo ser para ella?, ¿qué quiero aportarle?, ¿debo ser un ejemplo, un modelo?, añado preguntas de mayor calado vital. Solo tengo por seguro que quiero suplir lo que no recibe en casa, contrarrestar la vileza moral en la cual se desenvuelve cada día, resarcirla de tanta degradación, pero... ¿me siento mejor que sus padres?, ¿quién soy yo para sentirme superior?
Ser ‘hermanamayor’ a ratitos y fines de semana es fácil, lo sé, pero sé que no es difícil darle de comer otra cosa que no sea pollo frito con patatas, no hacerla callar siempre a gritos y hacerle sentir alguna vez que no estorba en todas partes y que no me arrepiento de haberla traído al mundo.  
Gracias a la niña he descubierto que, en mi empeño de dar con su esencia, puse demasiado celo en despojar de frivolidad la vida, que se me fue la mano, que la dejé en los huesos. También estoy descubriendo que la perfección es una entelequia, que lo puro no se reconoce porque narcotiza y que lo trascendental lo es porque tú lo permites. Pero todo esto forma parte de un drama mío íntimo mucho más absurdo.

Me dice que yo no puedo subirme a la torre ni pasar por el puente colgante, que soy ‘mayor’ y se ríe. Me paro, me giro, la miro exageradamente seria, como si me hubiera ofendido mucho, se desconcierta. Me acerco, me agacho hasta poner mi nariz a la altura de su nariz. Está expectante, no sabe si reírse o asustarse. Le digo muy lentamente y con mucha gravedad:
-Yo no soy mayor. Solo lo parezco. 
Hago una monería y ella, aliviada, estalla en carcajadas.

La vida son ratitos, una concatenación de ellos.

¿Que por qué lo cuento aquí? Para entenderlo.

(Al volver a casa nadie le preguntó cómo se lo había pasado ni qué había visto, la despacharon a su habitación. Antes de marcharse me dio un beso lleno de babas que todavía guardo en el puño cerrado.)


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